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martes, 18 de junio de 2013

El cuento chino de Shaolin



En España abundan las academias de kung-fu que dicen ser centros oficiales del famoso templo budista, aunque no cuentan con su autorización 

 


Érase una vez un templo consagrado a la enseñanza del kung-fu tan famoso que todos los maestros de artes marciales querían usar su nombre. Los primeros, los propios monjes budistas que lo custodiaban, que incluso hoy siguen ofreciendo a sus visitantes dos semanas de «clases particulares» por 1.000 dólares (750 euros). «Fuera del templo, el alojamiento y la comida corren por tu cuenta, pero podemos colarte para que entrenes con nosotros», nos ofrecen, al margen de los programas oficiales, un par de jóvenes monjes en el puesto de información turística nada más entrar en el legendario monasterio de Shaolin, donde se lleva practicando el kung-fu desde el siglo V

Elevado a una categoría mística por sus seguidores, dicho arte marcial chino está en la picota tras los horribles crímenes cometidos por Juan Carlos Aguilar, el "profesor de kung-fu" que presuntamente torturó y asesinó a dos mujeres a principios de mes en Bilbao. Presentándose como Huang C., Aguilar se promocionaba como el primer monje occidental que había estudiado en Shaolin, lo que ha sido desmentido por este histórico templo enclavado a la sombra del imponente monte Songshan en Dengfeng, a una hora en coche de Zhengzhou, capital de la provincia central de Henan.

«Ni era el primer estudiante occidental, ni se formó en el monasterio de Shaolin, sino en la cercana escuela Wushu Guang Shaolin Temple Center. A pesar de su nombre, no pertenece al templo, sino al Gobierno y a la Administración de Turismo de Henan», explica a ABC Wang Yumin, responsable de su Oficina de Asuntos Exteriores.

Un centenar de estudiantes

 

Gracias a su prestigio mundial, alrededor del monasterio hay decenas de escuelas de artes marciales donde estudian más de 50.000 alumnos. Tal y como aclara Wang Yumin, «todas ellas llevan el nombre de Templo Shaolin, pero ninguna tiene nada que ver con el monasterio», donde solo se forman un centenar de estudiantes con edades comprendidas ente los diez y los 22 años, la mayoría de los cuales se preparan para ser monjes.
Incluyendo comida y alojamiento, el responsable de Exteriores señala que un mes de clases de kung-fu en el templo de Shaolin cuesta entre cero («lo hacemos por caridad») y los 1.000 dólares (750 euros) que nos pedían a la entrada los monjes por dos semanas de «clases privadas». Pero un alumno ruso, con bastante más de 22 años, irrumpe durante la entrevista en su oficina y le pregunta en mandarín: «Tengo un amigo que quiere mandar a su hijo a estudiar aquí. ¿Por cuánto le saldría?».

 

Diez escuelas en el mundo 

 

Al igual que ocurre en China, en España también abundan las academias de kung-fu que se promocionan con el nombre de Shaolin o incluso «venden» a sus clientes que son el «único» centro autorizado u oficial del monasterio. Es falso. «Además del templo, sólo tenemos diez escuelas, propias o “joint-ventures”, que están bajo nuestro control y cuentan con la autorización para enseñar directamente firmada por el abad Shi Yongxin, máxima autoridad del monasterio. Entre otros países, están en Estados Unidos, Alemania, Inglaterra, Italia, Australia y Austria, pero no hay ninguna en España», indica por teléfono desde Berlín Ding Ding, director general de la Asociación Europea de Shaolin (SEA).

De dicha asociación forman parte 40 escuelas que han reconocido al célebre templo como la fuente original del kung-fu de Songshan Shaolin. «El templo no tiene control sobre estas academias, pero colabora con ellas enviándole profesores y las invita a sus eventos», desgrana Ding Ding.

Entre estas 40 escuelas figura Shaolin Temple Cultural Center Spain. Dirigida por Bruno Tombolato, es la única de España que está reconocida por el monasterio chino a través de la Asociación (es miembro de la SEA desde 2012), que sin embargo niega, como dice su página web, que sea la «escuela oficial del Templo Shaolin» (pues no esta bajo el control del templo, como se explicó antes) y esté certificada por Shi De Yang, el maestro de kung-fu más prestigioso del mundo. Sí es cierto que Shi De Yang permitió a Tombolato organizar en exclusiva su visita a España el pasado mes de mayo pero, según recuerda el responsable de la Asociación Europea de Shaolin, «el único que da las certificaciones del templo es el abad Shi Yongxin».
 
«Pertenecer a la Asociación te da oficialidad, confianza y credibilidad», se justifica Tombolato, quien no obstante admite que «si ellos me dicen que hay que cambiar algo (de la web), se cambiará».

Unas modificaciones similares en su portal de internet ya las ha hecho Carlos Álvarez, maestro del Shaolin Temple Spain, después de que ABC se pusiera en contacto con él esta semana. Como prueban las fotografías tomadas antes de los cambios, dicha academia se «vendía» como «el único centro certificado de España para la enseñanza de la cultura Shaolin». Además, aseguraba que sus «maestros e instructores son examinados por el propio Templo Shaolin, y certificados personalmente por el abad». Lo más extraño de todo es que el maestro de Carlos Álvarez, Shi Heng Jun, no reconoce la autoridad de Shaolin y en 2007 montó su propia escuela en el cercano templo de Fa Wang, mucho menos turístico y comercial.

«Mi maestro me ha engañado. Yo no sabía que él no pertenecía a Shaolin y pensaba que estaba certificado por dicho templo cuando me dio el carné de Fa Wang en 2009», se excusó Álvarez por teléfono el viernes. Sin embargo, en un correo electrónico remitido un día antes escribía que el «Abuelo Maestro (Shi Heng Jun) no está vinculado con el templo Shaolin porque no comparte sus políticas y todos sabemos que hay problemas entre ellos», afirmaba refiriéndose a Shi De Yang. 

A pesar de todo lo que asegura haber aprendido de su maestro y de que su nombre permanece grabado en una piedra del templo de Fa Wang, Carlos Álvarez ya se ha puesto en contacto con Shaolin para reconocer su autoridad.

 

Sin pisar China

 

Más combativo se muestra Víctor Díaz, quien registró en 2005 la marca Templo Shaolin y asegura haber «programado con plena validez para Occidente la enseñanza de Shi De Yang». Por supuesto, el monasterio no lo reconoce. Entre otras cosas, porque jamás ha estado allí. «Alguno de mis alumnos sí, pero yo nunca he ido a China», admite Díaz, quien esgrime que «la autorización no depende de lo que diga el templo porque yo tengo una experiencia sobrada de 30 años». Y, colorín colorado, este cuento chino no se ha acabado porque hay muchos más «maestros» así.


Por Pablo.M Diez, extraído del periódico digital ABC el 17/06/13

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 Y después de este interesante articulo… ¿Qué decir?

Pues que estafadores, estafados y hasta algún perturbado siempre ha habido y seguirá habiendo… gente que enseña “puños como flores, patadas como brocados” como reza un antiguo dicho Chino; pero no por ello ha dejado de haber, y aun hoy hay, otra gente que, consagrada a la enseñanza de las artes marciales, intenta, con gran honradez y no poco sacrificio transmitir estos conocimientos ancestrales del arte de la lucha, evitando que se pierdan en los laberínticos pasillos del ego y el dinero, para que así, puedan perpetuarse en el futuro, como un legado para las nuevas generaciones.

Y es que si lo piensas, hay algo de magia en el hecho de que los conocimientos que hoy aprendemos de nuestros maestros, en pleno Siglo XXI, nos hallan llegado de la mano de las generaciones pasadas, remontándose varios siglos en el tiempo… y es por ello, que los que hoy recibimos esos conocimientos debemos respetar ese legado que se nos ofrece, y nunca corromperlo por estúpida ambición.


Un saludo.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Monjes Shaolin. El Alma del Kung Fu


Sin sufrimiento no hay aprendizaje.  Es la primera lección para todo aspirante a maestro kung-fu. Hoy, el templo Shaolin recibe hordas de turistas deseosos de consumir exhibiciones de artes marciales. A pocos kilómetros, otro templo, casi secreto, quiere mantener las raíces de este arte chino. Suena la campana. Entramos en él.


Los gallos todavía duermen. La niebla de la madrugada apenas permite adivinar los rostros de los aprendices de shaolin, que se van alineando según la altura, a tientas, mientras terminan de acomodarse las túnicas de color naranja. Sonámbulos, guiados por el instinto o la rutina, trazan círculos invisibles con las muñecas; luego, con los tobillos, el cuello y los hombros.

Algunos abren los ojos y tratan de enfocar las pupilas dilatadas por la falta de luz. En sus oídos, como un grito de guerra, retumba la palabra que es saludo y bendición al mismo tiempo:

"Amithaba"

Es la voz del maestro Shi Miao Hai, de 25 años, quien más tarde, por la noche, reventará un saco de arena mientras juega a dar patadas bajo la parpadeante luz de un fluorescente.

"Lao tsi hao" (buenos días, maestro), repiten los cerca de setenta alumnos, entre europeos y chinos, cuyas edades oscilan entre los 6 y los 40 años.

Salen todos a paso ligero, una nube naranja golpeando el asfalto. Yi, er, san. Un, dos, tres, y sin mirar atrás. Un aprendiz de shaolin nunca mira atrás, tampoco hace preguntas, solo acata órdenes. La vida privada, en estos momentos, es un lugar remoto. Aquí duermen 16 personas en cada habitación, y 70 comparten dos duchas. Todos forman parte del mismo ejército.

Lección número uno: sin sufrimiento no hay aprendizaje.

El recorrido es variable, un día será solo hasta la primera curva pronunciada a un kilómetro del templo, al día siguiente podrá ser hasta la rotonda (2 kilómetros) o, si la suerte no acompaña, la vuelta completa, que implica correr primero sobre una pendiente de asfalto, luego a través del campo y, para finalizar, un sprint frente a 350 peldaños de una escalera. Si en los caminos de la vida siempre hay piedras, en este recorrido hay el doble, y no es metáfora. Algunos aprendices se quedan sin aliento e intentan buscar un atajo, y a la mayoría le empieza a pasar factura el calzado.

Las zapatillas que usan los monjes shaolin y la gran mayoría de practicantes de artes marciales en China son marca Feiyue, que, literalmente, significa "avanzar a saltos". Cuestan 10 yuanes (1,50 euros) y las venden en todas las esquinas del país. Flexibles y ligeras, son lo más parecido a caminar directamente con el pie en el suelo. Hace unos años, un francés que paseaba por Shanghái vio en ellas un filón comercial y empezó a importarlas. Orlando Bloom fue pillado en un parque por un paparazi. Llevaba unas Feiyue. Hoy, en París y Nueva York se venden por 50 euros.

En la distancia, mientras los alumnos lamentan no tener una plantilla de silicona, las nubes se descorren y dejan ver un escenario de postal: Songshan, una de las cinco montañas sagradas de China. Declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1999, Songshan es un entramado montañoso de densa vegetación que abarca 60 kilómetros de extensión y esconde caminos hacia templos taoístas y budistas, pagodas y un monte muy especial para la historia de las artes marciales: Shaoshi, donde nació el kung-fu shaolin hace más de 1.500 años, cuando el emperador Xiaowen de Wei del Norte cedió unas tierras para la construcción del templo Shaolin, literalmente, "bosque joven".

Al principio, los monjes del templo Shaolin solo meditaban. Hasta que apareció Bodhidarma, llamado Da Mó en China, un hombre de abundantes cejas y barba, cargado de leyenda y misterio, de quien se dice que fue capaz de atravesar un lago sobre un junco, ayudado solo por la brisa. Da Mó llegó al templo Shaolin desde la India, dispuesto a difundir el budismo chan (zen). Meditó durante nueve años en la montaña, y lo hizo hasta dejar impresa su sombra en una cueva, hasta tener que arrancarse los párpados para no quedarse dormido. Estuvo más de tres mil días aislado. En el silencio, además de cultivar su espíritu y concentrarse en lo fundamental, observó con ojo clínico a los animales* Ver notas al pie del articulo.

Después de los estiramientos, los aprendices de shaolin continúan con distintos tipos de ejercicios para expandir sus pulmones y endurecer sus músculos: carretillas, saltos, fondos, flexiones, hidráulicas, abdominales. Algunos meniscos empiezan a pedir auxilio justo antes del momento del chi pen kung, una rutina que aspira a la perfección técnica. La idea es que, gracias a las repeticiones, cada movimiento fluya de manera natural.

Shi Miao Hai hace una demostración y se transforma en esa grulla, serpiente, tigre o mono que observó Da Mó en las montañas y que inspiraron el tratado sobre músculos y tendones al que llamó Yi Jin Jing, origen del llamado Chikung. Estas técnicas sirvieron para desentumecer a los monjes, agarrotados de tanto meditar y con un notable sobrepeso debido a la inactividad. A los ejercicios de Da Mó se les sumaron las enseñanzas de los guerreros que llegaban al templo para descansar o huir de las batallas. Los monjes shaolin se nutrieron de todo ello y fue así como se desarrolló el gong-fu, que al entrar en contacto con los occidentales pasó a llamarse kung-fu.

El maestro de sonrisa en la mirada anima a los alumnos a emitir un grito, que también es gruñido, para fortalecer el qi (pronúnciese chi), ese flujo de energía que en instancias superiores hace que los maestros rompan lanzas con la cabeza, soporten patadas en los testículos o partan ladrillos con los dedos. Ese grito seco y profundo expresa la esencia del maestro, es el sonido del esfuerzo y la excelencia. Hay ligereza, flexibilidad y fuerza en cada pequeña acción. Los alumnos lo contemplan en picado, como cuando se tiene un rascacielos delante. Su cuello bovino parece invencible. Aun así, el batallón de hormigas intenta imitar al tigre con entusiasmo.

7.30. Suena la campana que marca el ritmo biológico en el templo. Hora del desayuno. Arroz, verduras, un poco de tofu, un plátano por persona.

El apacible entorno en este templo budista perdido en las montañas se quiebra con el estallido de la pirotecnia. Suena como una ráfaga de metralleta. Los alumnos extranjeros (o laowais), que apenas tienen fuerzas para espantar a las moscas, dirigen sus miradas hacia las escaleras de piedra, pero las agujetas diluyen cualquier intento de subir a explorar. Sin embargo, allá arriba hay una pequeña ciudad por descubrir.
El templo cuyo nombre no se puede pronunciar se ubica a pocos kilómetros del templo Shaolin, es el hermano discreto, el que no quiere aparecer en las guías, ni formar parte de un circuito turístico. Existe un acuerdo tácito entre los laowais y los maestros para preservar el anonimato. Existe el deseo de que este templo secreto y perdido mantenga sus raíces mientras pueda, que la apertura al mundo sea paulatina y no de golpe y sin aviso como en el resto de China. Shi Miao Hai opina que, como en todas las cosas de la vida, siempre hay riesgos, pero transmitir las enseñanzas del kung-fu es necesario, y para ello se debe confiar en el buen corazón de las personas.

Este es el segundo templo budista más antiguo de China y el lugar donde residen, entrenan y enseñan grandes maestros del kung-fu de espaldas a los campeonatos, la publicidad y las medallas. No quieren vender kung-fu a cualquier precio y tampoco convertirse en el parque temático que es el vecino templo Shaolin, que recibe hordas de turistas. Hay que hacer cola para rezarle al Buda, para ver la sombra en piedra de Da Mó, o los agujeros en un árbol, perforado por la fuerza de los golpes de los monjes guerreros. En "Shaolinland" hay demostraciones de kung-fu programadas tres veces al día, en las que los niños, vestidos con túnicas brillantes, realizan saltos y acrobacias circenses ante audiencias de mil personas cada vez.

En cambio, el templo discreto apenas recibe visitas.

En la planta inferior residen los monjes guerreros y Lao Tses, o viejos maestros, y sus aprendices destacados, o Jiaolian. La dinámica diaria es parecida a la de un colegio. Hay alumnos que viven aquí todo el año y otros que vienen de distintas ciudades de China, sobre todo de la vecina Dengfeng, a realizar cursos de verano. Algunos son huérfanos y han sido adoptados por el dashifu, que viene a ser como el director del colegio. Todos estos niños y adolescentes reciben una educación física e intelectual, pues combinan los estudios de filosofía, caligrafía, historia y matemáticas con la práctica del kung-fu. En el futuro, haber recibido una educación marcial les dará una ventaja comparativa frente a otros ciudadanos chinos que aspiren al mismo puesto. Cuando no entrenan, la vida de los alumnos locales se reduce a comer chuches y helados, por las noches, ver alguna película de Jet Li o los X-Men y cazar chicharras para luego atarles la patita a una cuerda y hacerlas volar como cometas.

La pirotecnia que se escucha allá arriba sirve para espantar a los malos espíritus, dice el shifu (maestro), pero hay algunos que ya ni oyen y solo buscan una piedra donde reposar su anatomía y escribir en sus diarios el alcance semántico de la palabra agujeta. Shifu Carlos Álvarez, que ha venido con alumnos de su escuela en Madrid, los anima a seguir y recuerda sus días de entrenamiento para convertirse en maestro, cuando tenía que golpear agua para fortalecer, incluso, las yemas de sus dedos. "Yo fui uno de los primeros occidentales en venir al templo y también el primer maestro que consiguió convencer a los monjes para que aceptaran mujeres en los entrenamientos. Antes de venir por primera vez, en 1988, pensaba que los monjes eran leyendas o que existían solo en las películas, pero eran de verdad. Los entrenamientos eran brutales, pero desde entonces solo vivo y respiro kung-fu".

Es sábado en el templo secreto y los visitantes budistas venidos de pueblos cercanos queman las pertenencias de sus muertos en los hornos donde antiguamente se cremaba a los maestros. Prenden inciensos al Buda de la prosperidad, mientras una abadesa, la única mujer residente en el templo, selecciona hojas de un arbusto con paciencia quirúrgica. El personaje central del templo, el fan dang, aparece escoltado por dos monjes. A uno de ellos le dicen Terminator. No se puede mirar al fan dang a la cara, sería una falta de respeto buscarle los ojos. Dentro del templo, el fan dang es conocido como el Oráculo, por tener el poder de adivinar el futuro, además de ser la máxima autoridad, una especie de sumo sacerdote. El guardaespaldas que lo acompaña, Terminator, no parece esculpido en piedra. Es de piedra, como casi todos los monjes guerreros que habitan en este templo, a diferencia de los monjes religiosos: flacos y desgarbados, vegetarianos y célibes, que se dedican a rezar y difundir el budismo.

El entrenamiento de hoy es en una de las terrazas superiores. Para llegar hasta allí hay que atravesar el taller del calígrafo, del profesor de budismo, del pintor y de los pequeños altares dedicados a distintas divinidades o héroes, como Wenshu Budishattva o Dazu Huike, el discípulo de Da Mó que se cortó una mano para convencerlo de que abandonara la montaña y se convirtiera en su maestro. Así, también, nació el kung-fu, y en honor a su sacrificio, los monjes shaolin son los únicos budistas que utilizan solo una mano para saludar o hacer una reverencia.

A la sombra de dos árboles sembrados hace más de 2.000 años, cuando el templo secreto fue fundado, se inicia la segunda tanda de ejercicios del día. El reloj marca las ocho de la mañana y esta vez los alumnos tienen que practicar formas o tao lu, coreografías que involucran una larga cadena de movimientos, algunas veces suaves y estilizados, y otras, fuertes, con mucho chi. Entrenar junto a los alumnos locales tiene la ventaja de mirarse en el espejo de la perfección. Ellos parecen estar genéticamente predispuestos a los saltos y las coreografías. Los discípulos extranjeros se esfuerzan y, poco a poco, van entendiendo que kung-fu, cuyo significado literal es "trabajo continuo", es darlo todo y hacerlo bien. Cuando se entrena y cuando no.
Para Shi Miao Hai, entrenar a alumnos occidentales es un acto de desprendimiento que considera necesario en los tiempos que corren. "Nuestra sociedad se abre cada vez más, nuestra cultura está abierta al mundo y no se puede vivir encerrado. Tenemos que expandirlo a través de personas de buen corazón que quieran entregarse. Al principio, los alumnos solo quieren pegar y pelear, pero cuando llegas a un nivel más alto ves que no es solo eso. Es algo interno. El kung-fu es vida cotidiana, es felicidad y vida". Acto seguido da la orden, "Amithaba", y tiene a un ejército de buenos corazones a sus pies, haciendo 20 flexiones para calentar los tríceps.

El tiempo en el templo está dividido en desayuno, almuerzo y cena (no hay que ser oráculo para adivinar el menú: siempre arroz, verduras picantes, y pollo o paloma) y entrenamientos intercalados. El resto del tiempo se puede intentar una conversación, con un diccionario a mano o alguna aplicación para móviles, con los monjes. Todos llevan móviles de última tecnología, de donde se desprenden baladas románticas, en el caso de Shi Miao Hai, o Rihanna, en el caso del monje guerrero Shi Miao Du. Nada parece alterarlos. ¿En algún momento se irritan, se frustran, sienten tristeza o melancolía? "Todo es pensamiento y corazón. Todos los días, uno tiene problemas que solucionar, y lo importante es ver la manera de hacerlo. Si te complicas la vida no serás feliz".

Dengfeng, la ciudad que Lonely Planet describe como "sórdida y vieja", es caótica, los semáforos cumplen una función decorativa y las motos son un verdadero enjambre de avispas que llevan tres y hasta cuatro pasajeros sin casco. Los pequeños comercios se mezclan con edificios enormes, casi siempre ocupados por sedes de grandes bancos, anchas avenidas donde es frecuente ver a las personas en cuclillas viendo la vida pasar con un cigarrillo en la boca.

A pesar del caos y de la basura acumulada, la ciudad mantiene cierto orden. Las calles se organizan en función del servicio que ofrecen: peluquerías, juegos clandestinos, prostitutas, tiendas de verduras y frutas, puestos de comida, pompas fúnebres, centros de masajes y, por supuesto, tiendas de armas donde comprar las espadas, lanzas, varas, escudos y látigos que se emplean en las artes marciales. De pronto, uno repara en el sonido que hace un látigo al golpear el asfalto. También en que, por lo menos, de cada diez peatones, cinco llevan unas Feiyue.

El motivo de que tantas personas lleven un chándal, zapatillas y una camiseta con figuras marciales está relacionado con el número de escuelas de kung-fu en la ciudad. Desde el taxi que conduce por la avenida de Beihuan se pueden ver por lo menos 50 y de enormes proporciones. Estas escuelas parecen ministerios, tienen más de 10 plantas y la mayoría cuentan con más 5.000 alumnos. Algunas escuelas ofrecen certificados de maestros e, incluso, pueden bautizar con un nombre budista a los interesados. Si bien durante la revolución cultural los monjes shaolin fueron perseguidos y sus templos clausurados, cuando no incendiados, en los años ochenta reabrieron sus puertas y empezaron a cobrar fuerza. Bruce Lee, Jet Li y David Carradine, verdaderos embajadores de las artes marciales chinas en el mundo, contribuyeron a que su influencia se expandiera.

Las escuelas de esta ciudad, de 630.000 habitantes, ofrecen una formación física y espiritual a por lo menos 70.000 personas. Algunas de ellas han sido fundadas por monjes guerreros shaolin que han optado por rentabilizar sus conocimientos. Epo Wushu College es una de las preferidas de los extranjeros. Por 700 euros al mes, uno puede practicar kung-fu dos veces al día (el primer entrenamiento es a las nueve de la mañana, y el segundo, a las cinco de la tarde) en unas instalaciones de lujo con tatami, sauna, ducha, Internet, masajes, aire acondicionado, bar, y restaurante a la carta. Un hotel cinco estrellas en toda regla, con la diferencia de que cuenta con más de 400 profesores de artes marciales.

Mientras que en la provincia de Henan y en el resto de China todo florece y crece de manera geométrica, un grupo de monjes guerreros se mueve lejos de los focos del protagonismo de un país en apogeo. Mantienen la mística milenaria y resisten, pero con mano blanda. Si bien en el templo secreto la brisa de la montaña sagrada parece haber detenido el tiempo, el vecino Dengfeng, con sus cabinas de Internet, sus accesorios para móviles, sus restaurantes fast food y su creciente demanda de escuelas de kung-fu, es una ventana al mundo difícil de mantener cerrada por mucho tiempo.

Articulo de Verónica Ramirez Muro

Notas personales:

*       Todo esto es generalmente dado por cierto, y forma parte de la historia y/o leyenda de el Kung Fu Shaolin, sin embargo no es menos cierto que en el Siglo XVII la dinastía Ching arraso los templos Shaolin acusándolos de rebeldía, y se sometió a una dura persecución a los pocos supervivientes que lograron escapar de la destrucción, los cuales enseñaron secretamente sus técnicas a alumnos laicos (no monjes), los cuales a su vez crearon los estilos de Kung Fu tradicionales a partir de estos (Hung Gar, Pak Mei, Choy Lee Fut, Wing Tsun, etc…).

*       Dada la implacable persecución a la que se sometió a todo lo que sonase a Shaolin por parte de la dinastía Ching, existen muchas dudas sobre si el estilo “Shaolin” que se practica hoy en día es el originario de los antiguos templos o más probablemente desciende de el, como los demás estilos clásicos que se enseñan hoy en día.